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de hacer un largo y resbaladizo trayecto hasta Greenfield. Había noches en las que aún tenía que acudir en
persona, pero invirtió algún dinero en el equipo necesario y se alegró de recobrar parte de la tecnología que había
dejado atrás al marcharse de Boston.
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Las grandes fogatas que encendía cada noche en el hogar mantenían el calor pese a los vientos que
azotaban La Casa del Límite.
Se sentaba junto al fuego y leía una revista tras otra, y aunque nunca llegaba a ponerse completamente
al día, progresó mucho en sus lecturas médicas.
Una noche fue al armario, bajó el manuscrito de David y empezó a leerlo al amor de la lumbre.
Varias horas más tarde advirtió que la habitación se había enfriado. Interrumpió la lectura para echar
más leña al fuego, para ir al cuarto de baño y para preparar más café. Después siguió leyendo. De vez en cuando
reía entre dientes y otras se le escapaban las lágrimas.
El cielo ya clareaba cuando terminó. Pero quería leer el resto de la historia. La novela trataba de
agricultores y granjeros que tenían que cambiar de vida porque el mundo había cambiado, pero que no sabían
cómo hacerlo. Los personajes tenían vida, pero el libro no estaba terminado. R.J. quedó profundamente
conmovida, pero con ganas de ponerse a gritar: no podía concebir que David hubiera abandonado una obra así
pudiéndola terminar, y eso le llevó a pensar que estaba gravemente enfermo o muerto.
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35. Significados ocultos
35. Significados ocultos
20 de enero.
Sentada en casa, caldeando el ambiente con música, R.J. no podía desprenderse de la sensación de que
aquélla era una noche especial.
¿Un cumpleaños? ¿Algún aniversario? Y de pronto le vino a la memoria un mensaje de Keats que había
tenido que aprenderse de memoria en el curso de literatura inglesa de segundo.
 Víspera de Santa Inés. ¡Ah, que frío amargo!
El búho, pese a todas sus plumas, estaba aterido; la liebre cojeaba tiritando sobre la hierba helada, y el
rebaño se hallaba silente en lanoso redil.
R.J. no tenía ni idea de cómo les iba a los rebaños, pero sabía que los animales que no estaban recogidos
en un establo debían de pasarlo muy mal. Algunas mañanas, un par de pavas salvajes de gran tamaño, hembras
las dos, se habían paseado lentamente por los campos cubiertos de nieve. Las sucesivas nevadas se habían
congelado en poco tiempo hasta formar una serie de capas impenetrables. Los pavos y los ciervos no podían
atravesarlas para llegar a la hierba y las plantas que necesitaban para sobrevivir. Las pavas cruzaban lo segado
como un par de matronas artríticas.
R.J. no sabía si el Don se aplicaba también a los animales, pero no tenía necesidad de tocar a las pavas
para saber que estaban a punto de morir. En el huerto reunieron sus fuerzas e hicieron débiles e infructuosos
intentos de encaramarse aleteando a las ramas del manzano para alcanzar los brotes helados.
No pudo soportarlo más. Compró un gran saco de maíz en el almacén de Amherst y arrojó varios
puñados en los lugares donde había visto las pavas.
Jan Smith no aprobó su gesto.
 La naturaleza se las arregló muy bien sin seres humanos durante muchos milenios. Los animales se
las apañan muy bien sin nuestra ayuda. Los más aptos sobreviven  protestó. Desdeñaba incluso a quienes ponían
comida a los pájaros . Lo único que consiguen es ver de cerca a sus pájaros favoritos. Si no les pusieran
comederos, los pájaros tendrían que mover un poco el culo para sobrevivir, y el esfuerzo les sentaría bien.
A ella le daba igual. Vio con satisfacción cómo las pavas y otras aves se comían su regalo. Acudieron
palomas y faisanes, cuervos y arrendajos, y otros pájaros más pequeños que no supo identificar.
Cuando se terminaban los granos de maíz, o cuando nevaba y se cubrían los últimos que había echado,
R.J. salía y arrojaba algunos más.
El frío enero dio paso a un febrero glacial. La gente sólo se aventuraba a salir envuelta en una gran
variedad de capas protectoras: jerséis de punto, chaquetones rellenos de plumón, viejas cazadoras de piloto
forradas de lana. R.J.
llevaba ropa interior larga y gruesa, y una gorra de lana que le cubría las orejas.
La inclemencia del tiempo despertaba el espíritu pionero que había atraído hacia las montañas a sus
primeros habitantes. Una mañana de ventisca, R.J. avanzó como pudo entre las rachas de nieve para ir al
consultorio, al que llegó jadeante y cubierta de blanco.
 Vaya día  comentó, casi sin aliento.
 ¡Ya lo creo!  asintió Toby, radiante . ¿Verdad que es magnífico?
Fue un mes de comidas calientes y copiosas compartidas con amigos y vecinos, porque el invierno no
terminaba nunca en las colinas y el deseo de compañía era general.
R.J. habló de restos arqueológicos norteamericanos con Lucy Gotelli, conservadora del museo del
Williams College, mientras daban cuenta de un estofado de chiles en casa de Toby y Jan. Lucy le explicó que su
laboratorio estaba en condiciones de fechar objetos con razonable precisión, y R.J. empezó a describirle la
bandeja que había encontrado en su prado junto a los restos infantiles.
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 Me gustaría verla  dijo Lucy . Hacia 1800 hubo aquí en Woodfield una fábrica de cerámica que
producía piezas sin vidriar para uso cotidiano. Quizá la bandeja provenga de ahí.
Unas semanas más tarde, R.J.
le llevó la bandeja a su casa.
Lucy la examinó con ayuda de una lupa.
 Bueno, yo diría que es un producto de Cerámicas Woodfield, desde luego. Claro que no puedo
afirmarlo con certeza. Tenían una marca característica, una T y una R entrelazadas que aparecían en pintura
negra en el reverso de cada pieza. Si esta bandeja tuvo la marca alguna vez, ya se ha borrado.
 Contempló con curiosidad las siete oxidadas letras que aún se distinguían en la superficie de la
bandeja: «ah» y «od», una «o» y, por último, «ia», y raspó la «h» con la uña . Curioso color. ¿Te parece que es
tinta? [ Pobierz całość w formacie PDF ]

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